Mamá me contó el otro día que de vez en cuando 

tenemos que ser pacientes. Tenemos que dejar que el 

polvo de las estrellas rellene los huecos de los recuerdos, 

entonces, casi sin darnos cuenta podemos subir a lo 

más alto de la extraña colina de los sueños y dibujar estrellas fugaces. Mamá volvió a

contarme anoche el mismo cuento y al despertar

mis pezuñas estaban manchadas de polvo de 

estrellas...

La pequeña jirafa intentaba descubrir de donde venía la extraña música. Nunca antes, en su minúsculo, diminuto micromundo, repito. ¿Nunca antes había sonado una música tan maravillosa!! Toda su vida se había reducido a unos pequeños pasos hacia adelante. No conocía a nadie, no había siquiera visto a ningún otro animal, pero aquella mañana había tenido un presentimiento y no pensaba dejarlo pasar. Se estiró, se desperezó, se limpió las pezuñas y sacó brillo a cada una de sus manchas. Y después de regar las flores, recolocar todas las piedras y peinar a todas las mariposas, la Pequeña Jirafa decició estirar su largo cuello y mirar más allá de las nubes, más allá del viento y de las pequeñas motas de polvo. Miró tanto y estiró tanto su cuello que sin darse cuenta sus patas dejaron de tocar el suelo y ella y sus manchas empezaron a volar y bailar al son de la música.